Si este afirmación se impone en más de un paradigma de la sociedad, no deberían plantearse muchos artistas modernos que a las personas no les agrada comerse la cabeza con escenarios compuestos por una luz amarillenta y un cubo de charol al fondo. Es probable que estemos viviendo algo parecido a la época del Romanticismo, donde artistas como Delacroix regresaban a Grecia, donde la gente se sentía cómoda y reflejada, donde los espectadores entendían de que se les está hablando, y poco a poco dieron paso a obras que reflejaban sus días, pero el arte continuaba formando parte de su historia y no les hacia ajenos a ella.
